A finales  de la década de los cincuenta los accidentes y atropellos de peatones estaban a la orden del día en la que entonces era República Democátrica Alemana o Alemania del Este. Sólo había semáforos para los coches y los peatones solían cruzar por donde les venía en gana. El Gobierno de la república socialista, en un momento de lucidez, se dió cuenta de que la situación no podía continuar así, por lo que en 1957 encargó al ingeniero Karl Peglau que buscara medidas para reducir drásticamente el número de accidentes. Así, el 13 de octubre de 1961 nacían los Ampelmann (hombrecillos del semáforo en alemán) en Berlín. Lo que los alemanes no sabían entonces (ni los de un lado del muro ni los del otro) eran que estos hombrecillos los iba a tener hasta en sopa. Literal.

 

Tras varios años de duro trabajo, como ya he dicho, los Ampelmann vieron la luz por primera vez en 1961. El aspecto de estos hombrecillos no es casual ni un esfuerzo del gobierno por que el humor invadiera las calles grises a ese lado del muro. No. Estos simpáticos hombrecillos fueron diseñados desde la psicología y si al final adoptaron esa forma es porque Peglau se dió cuenta de que los peatones, y sobre todo los niños, reaccionaban antes con los Ampelmann que con los ordinarios muñecos que se pueden ver en cualquier semáforo del mundo (que por cierto, parecen estar hastiados).

Pero, tras la caída del muro en 1989, vinieron los problemas y el exterminio de los Ampelmann. Los dirigentes de la Alemania reunificada empezaron a perseguir los semáforos de la ex RDA y a mutilar todos los que tuvieran un pequeño hombrecillo dispuesto a sacarles una sonrisa. Así, hacia 1994 casi desaparecen porque el Gobierno consideraba que su sistema electrónico estaba anticuado.

Sin embargo, el diseñador industrial Markus Heckhausen saltó a escena. En 1996 adoptó un pequeño Ampelmann y lo convirtió en una lámpara. Este pequeño gesto despertó las conciencias de los ciudadanos, que comenzaron a protestar y crearon el comité para la preservación de los hombrecillos del semáforo We are the people (nosotros somos la gente). Se manifestaron de cientos de maneras distintas, cada cual más cretativa, hasta que los medios de comunicación se hicieron eco de ello y los políticos y autoridades se quedaron sin argumentos objetivos y pasaron por el aro.

Los Ampelmann están hasta en la sopa.

A partir de entonces, más que convertirse en un objeto de culto, los Ampelmann son todo un símbolo de Alemania. Si bien los semáforos de las calles principales no tienen Ampelmanns, debido a la normativa europea que exige que todos los muñequitos de los semáforos sean igual de aburridos en toda Europa, las secundarias sí. Pero los Ampelmann están en todas partes, son una pequeña plaga… y un negocio. Llaveros, camisetas, imanes, chapitas… eso es lo típico, pero es que además, tienen tienda y restaurante propio y los Ampelmann están impresos en chanclas, toallas, sillas, sacacorchos, balones de fútbol, furgonetas… ¡hasta hay pasta para sopa con forma de Ampelmann! Pero eso no es todo, si quieres tener una casa monotemática de Ampelmann también puedes, porque en la tienda venden de todo: abrelatas, portafotos, vasos, tazas, moldes para hacer galletas y hielos con forma de Ampelmann

De esta locura por los Ampelmann, no sé si en un afán de buscarles pareja o por la igualdad de género, en 1997, nacieron las Ampelfrau o mujerzuelas del semáforo.

Estos hombrecillos y mujerzuelas de los semáforos alemanes son una muestra de que los funcional puede ser bello. De que el mobiliario urbanos puede ser útil y ameno. Los alcaldes de nuestras ciudades ya podría tomar ejemplo y la próxima vez que vayan a cambiar algo, hacerlo bien. Con conciencia (y sin merchandising, por favor).

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